ESPAÑA
ANTONIO ALONSO, GENETISTA FORENSE: «EN EL 11M SE COMETIÓ EL ERROR DE NO TOMAR MUESTRAS DE ADN A TODOS LOS CADÁVERES»
Noticia publicada en LA VOZ DE GALICIA (España) – Marzo 29 de 2026
Antonio Alonso (Zamora, 1959) es doctor en Bioquímica y Biología Molecular y desde el 2019 hasta el 2024 fue Director del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses. Fue presidente del grupo de habla española y portuguesa de la Sociedad Internacional de Genética Forense entre el 1996 y el 2000 y secretario de la Comisión Nacional para el Uso Forense del ADN desde el 2008 y vicepresidente desde el 2019 hasta el 2024. Con una vida profesional tan ajetreada, a Antonio le resultaba imposible aceptar la oferta que hace unos años le propuso la editorial Crítica. «Fue cuando era director del Instituto Nacional de Toxicología y en ese momento dije que no podía porque no tenía el tiempo necesario. Sin embargo, cuando me jubilé, dije que adelante», relata. Así nace La huella invisible (Crítica), donde aborda ocho investigaciones forenses que revelan cómo la ciencia del ADN ha devuelto justicia a víctimas de casos históricos en España. «El poder comunicar a personas que no tienen un conocimiento científico las pruebas que realizamos y que puedan entender siempre me ha parecido que es una labor a la que tenemos que dedicar el tiempo», señala.
—¿Se parece el ADN a esa imagen que solemos tener de los libros de texto, de una doble hélice?
—No se parece en nada a la instantánea que nosotros sacamos de las pruebas forenses. Básicamente, en el ámbito de la investigación, de la genética forense, lo que tenemos la mayoría de las veces es como un código de barras. Es decir, es una ordenación de fragmentos de ADN, que no nos dice nada de las características de ese individuo, pero que nos permite identificarle por comparación de una muestra suya o con un familiar. Otras veces, sobre todo cuando secuenciamos el ADN, obtenemos la secuencia precisa de cada nucleótido, la ordenada de adenina, timina, citosina y guanina, que son esas cuatro letras del alfabeto de la vida.
—El libro se titula «La huella invisible». ¿Cuánto puede persistir nuestro ADN, cuánto de «invisible» es?
—Depende mucho de las circunstancias. Normalmente para un fluido biológico, como puede ser una mancha de semen en casos de delitos sexuales, de saliva o de sangre en casos de homicidios, si eso está sobre un soporte inerte, bien sea una tela o de madera, por ejemplo, puede durar años y años. Sin embargo, si está sometido a humedad, a crecimiento bacteriano, esas bacterias van a degradar ese ADN humano. Van a crecer sobre ese sustrato y va a ser más difícil. Al final, el ADN, tanto para su interpretación como para su conservación, depende mucho del contexto en el que se encuentre.
—En el libro confiesa que el 11M fue el peor día de su carrera. ¿Qué recuerda?
—Yo soy biólogo forense y trabajo en el laboratorio. Normalmente recibo las muestras que los médicos forenses, que son los que hacen la autopsia, nos mandan. Es decir, que al final no tenemos un contacto directo con la muerte, con el cadáver. Pero esa noche en la que todos solidariamente fuimos a ese pabellón de Ifema, donde se instaló esa morgue, tuvimos contacto con esos cadáveres, con los restos desmembrados por las explosiones de los trenes. Y todo eso efectivamente tuvo un impacto sobre nuestra actividad. Uno no se da cuenta de ello hasta probablemente mucho más tarde, porque pone una barrera para hacer su trabajo de la manera más profesional. Pero meses más tarde se da cuenta, de manera casual, por ejemplo en una terraza, tomando algo, que siente ese olor a la muerte otra vez, y dice: «Oye, aquí ha pasado algo». En ese sentido, creo que todos somos vulnerables a esto que nos pilló de sorpresa.
—Reconoce que se cometieron errores.
—Efectivamente. En el caso del 11M, probablemente por la inexperiencia y por las prisas, porque siempre las tenemos para que las familias descansen cuanto antes y pierdan esa incertidumbre que tienen. Por todos esos factores se cometió el error de que no se tomaron muestras de ADN de todos los cadáveres. Es decir, de aquellos que ya habían sido identificados por huellas dactilares no se tomó una muestra de ADN. Hoy en día eso no ocurriría porque como consecuencia de ese error y de la posterior revisión, que es muy importante, se ha desarrollado un procedimiento en el que es obligatorio la toma de muestras de ADN, se analicen o no, de todos los cadáveres.
—Suele existir la creencia de que el enterramiento en cal viva acelera la descomposición de cuerpos. ¿Es cierto?
—No. Se pensaba que la cal viva iba a producir una reacción de mucho calor y la desintegración de los tejidos blandos y los restos óseos. Esto no es así, más bien al contrario, porque esa reacción exotérmica lo que produce es una desecación de los tejidos blandos. Dándose una conservación de los mismos. La cal impide el crecimiento bacteriano, que es lo que va a producir todo el proceso de putrefacción de esos tejidos. Por lo tanto, lo que realmente se consigue es su preservación.
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—Para aquel que no lo sepa, ¿qué es un cribado genético?
—Es un análisis de ADN de un grupo reducido de personas que, aunque no estén directamente relacionadas con el asesinato que se va buscando, tienen una determinada relación, por distintas cuestiones o condiciones. El caso que aparece en el libro —el que se da en el Campo de Criptana, Ciudad Real, para esclarecer el asesinato de Inmaculada Arteaga en el 2001— es un cribado de personas que, primero, estaban en ese bar con ella el día que desaparece y a partir de ahí lo que obtenemos es un individuo que tiene un perfil de su cromosoma Y, un varón, que es muy parecido al que se obtiene en los restos de saliva en las ropas de la víctima. Se diferencia solo por una pequeña mutación. Lo que pensamos es que el verdadero asesino podría ser un pariente por línea paterna, ya que el cromosoma Y se transmite por esa línea. Se hace un cribado de todas las personas que tienen el mismo apellido que ese individuo en el pueblo de Criptana. Fue detenido y puesto a disposición judicial tras declararse culpable.
—Pero hay opiniones contrapuestas sobre esta práctica.
—Sí, efectivamente, hay distintas visiones. Hay que buscar siempre un equilibrio entre la seguridad y la libertad. Ahí es donde debemos movernos, poder garantizar la seguridad de una sociedad ante un delito grave que ha generado una alarma social sin inmiscuirnos en la confidencialidad o privacidad de determinados datos de la persona. Ahí es muy importante la regulación y legislación de los ordenamientos legislativos en los distintos países.
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—Aborda varias catástrofes. Una de ellas es la del Yak-42. ¿Cómo la resumiría usted?
—El caso del Yak-42 es una historia de indignidad humana en la que treinta súbditos del ejército español que estaban en una misión de paz en Afganistán, que tuvieron un accidente, no fueron identificados. No es que fueran mal identificados, es que no se hizo nada para identificarlos y se dieron a las familias sin hacerlo. Esto es perverso y que se haga desde el ámbito de la administración del Estado es la historia de una indignidad.
—Después de analizar ocho casos diferentes para escribir el libro, ¿usted cree que hemos aprendido?
—Desde el ámbito de la investigación forense, la identificación genética de personas en catástrofes, claro que sí, tenemos herramientas valiosas para hacerlo. Pero desgraciadamente, la naturaleza humana no aprende. Seguimos cometiendo errores graves, bajo el poder de determinadas personas que, con toda impunidad, realizan actos que van contra la humanidad.
